Un cristal que levita sobre sonido, oscila solo y desafía a Newton es el primer experimento de este tipo visible a simple vista

Dos estudiantes de la Universidad de Nueva York, Mia Morrell y Leela Elliott, han creado bajo la dirección del profesor David Grier algo que nunca se había visto antes: un cristal de tiempo visible a simple vista. El hallazgo, publicado en febrero de 2026 en la revista Physical Review Letters, desafía uno de los principios más consolidados de la física clásica: la tercera Ley del Movimiento de Newton.

Para entender qué hace este cristal, hay que entender primero qué es un cristal de tiempo. En un cristal ordinario, los átomos se repiten en el espacio formando una estructura regular. En un cristal de tiempo, las partículas repiten un patrón en el tiempo, oscilando rítmicamente de forma espontánea y sin consumir energía externa. Hasta ahora, este estado de la materia solo se había observado a escala microscópica, inaccesible sin instrumentos. Lo que el equipo de Nueva York ha construido es el primero que puede verse a simple vista.

El dispositivo, que mide aproximadamente treinta centímetros de alto y cabe en una mesa de trabajo, funciona así: pequeñas cuentas de poliestireno, el mismo material del embalaje de burbujas, flotan suspendidas en el aire sobre una capa de ondas sonoras. Un campo acústico estacionario actúa como colchón invisible que mantiene las partículas en suspensión sin que nada las toque físicamente. Mientras levitan, las cuentas interactúan entre sí a través del mismo medio que las sostiene: el sonido.

Y ahí es donde Newton deja de tener razón. Su tercera ley establece que si un objeto ejerce una fuerza sobre otro, este responde con una fuerza igual y de sentido contrario. Pero en este sistema esa simetría se rompe. Las cuentas más grandes dispersan más sonido que las pequeñas, de modo que una cuenta grande influye sobre una pequeña mucho más de lo que la pequeña influye sobre la grande. Las fuerzas no son iguales ni opuestas: son asimétricas. Y ese desequilibrio hace que el cristal oscile de forma espontánea, marcando un ritmo que, según la física clásica, no debería existir.

Morrell lo explica con una imagen cotidiana: dos ferris de distinto tamaño acercándose a un muelle. Cada uno genera olas que empujan al otro, pero en distinta medida según su tamaño. Lo mismo ocurre con las cuentas. Este comportamiento se llama no recíproco, y es posible porque el sonido actúa simultáneamente como soporte y como canal de interacción, lo que le permite añadir o absorber energía de forma desigual entre las partículas.

Las aplicaciones que los investigadores tienen en mente son concretas. La primera apunta al estudio de los relojes biológicos: los ritmos circadianos, que regulan el sueño, el metabolismo y otras funciones del organismo, dependen de redes bioquímicas que también interactúan de manera no recíproca. Este cristal ofrece un modelo físico con el que estudiar esa dinámica desde fuera de un ser vivo. La segunda aplicación tiene que ver con el metabolismo: los procesos por los que el cuerpo descompone los alimentos implican interacciones similares entre moléculas, y disponer de un sistema que reproduzca esa lógica en laboratorio podría ayudar a entender cómo funcionan y cómo fallan. El hecho de que el dispositivo sea observable sin microscopio abre una ventana experimental que los cristales de tiempo microscópicos simplemente no permitían.